viernes, 6 de octubre de 2017

Blade Runner y Los Replicantes


Bien, hay dos conceptos: Humano y Persona; Un humano es un ser vivo, biológico hijo de padres humanos, tal cual como cualquier otro, respira, come, va a baño, tiene sed, necesidades fisiológicas vaya; Luego tenemos al Concepto de persona, el concepto de persona es un concepto cultural. La persona es, pues, un individuo humano, pero considerado como sujeto autoconsciente, racional y moral. Cada uno de nosotros es una persona en construcción, ya que la condición de persona no aparece por si sola, sino que se realiza a través de la acción y el contacto con  los demás. Somos personas, porque los otros nos reconocen como tales y, a la vez, nosotros los reconocemos a ellos, a medida que vamos adoptando los comportamientos característicos de la persona. Desde este punto de vista, la persona sería un producto social, resultado de la vida en común con los otros humanos, de la convivencia y el aprendizaje.
Por lo tanto yo opino que deben seguir con vida( Replicants)  porque ellos son la representación mas pura(en esa actualidad) de lo que significa ser una persona. En la película podemos ver una sociedad en decadencia, con contaminación, fabricas con grandes chimeneas, la clase rica viviendo el las alturas y al ras de suelo la gente mas pobre, en un escenario desolador y peligroso, la gente ya ni siquiera se preocupa por los demás, solo se cuidan a si mismos si importarle la gente que los rodea y esto es diferente con los Replicants; podemos ver como Rachel es super avnzada, mostrando sentimientos y recuerdos, se convierte en el interés amoroso de Deckard, ¿eso no es otro punto de humanidad?.
Otro punto destacable es ver como Roy y Pris muestran preocupación el uno por el otro; Cuando Roy encuentra muerta a Pris podemos ver como el se siente devastado y parece volverse loco por la perdida.
En cambio con los Replicants es como ver la evolución del ser humano desde épocas de esclavitud. Explico, según se, fueron creados para trabajar de forma pesada en una villa extra-planetaria, donde son explotados, solo son esclavos, pero también mencionan que fueron dotados de una inteligencia a nivel de los ingenieros que los crearon, por lo tanto no me extraña que se hayan rebelado; si querían esclavos ¿por qué no simplemente crearon más maquinas que hicieran el trabajo?.
Se me hace inevitable no comparar esta situación con la época en que la gente de raza negra era esclavizada; a ellos tampoco se les consideraba personas, solo por su color, mas son seres completamente humanos y personas a la vez. Lo Replicants fueron prohibidos en la tierra después de un motín sangriento en el cual se rebelaron; ¿no fe así también cuando se libero a la gente de raza negra? ¿Acaso no corrió sangre también?. En Blade Runner, la única diferencia viene siendo que los Replicants no son hijos de padres humanos, pero aun asi se menciona que son seres Biomecánicos, ósea tejidos vivos, eso los asimila aun mas a una persona real.
Ahora abordemos la escena de la Alegoría de Nietzsche, Dios a Muerto. Podemos ver esto representado cuando Roy va a ver a Tyrell(Su creador)


Tyrell: Me sorprende que no hayas venido antes.
Roy: No es cosa fácil conocer a tu creador.
Tyrell: ¿Y qué puedo hacer yo por ti?
Roy: ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho?
Tyrell: ¿Te gustaría ser modificado?
Roy: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.
Tyrell: ¿Qué..., qué es lo que te preocupa?
Roy: La muerte.
Tyrell: ¿La muerte? Me temo que eso está fuera de mi jurisdicción, tú...
Roy: Yo quiero vivir más, padre.
Tyrell: La vida es así. Hacer una alteración en el desarrollo de un sistema orgánico de vida es fatal. Tú fuiste formado lo más perfectamente posible.
Roy: Pero no para durar.
Tyrell: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad,  Mírate. Eres el hijo pródigo. Eres todo un premio.
Roy: He hecho cosas malas.
Tyrell: Y también cosas extraordinarias. Goza de tu tiempo.
Roy: No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me impida la entrada en su cielo.
[ Roy besa a Tyrell en la boca. Toma su cabeza entre sus manos, aplasta su cráneo y hunde los pulgares en sus ojos ] [ Sebastian observa la escena horrorizado ]


Es muy curioso que Roy va con una petición a su creador; que este le alargue la vida, y al decirle que no es posible, Roy reacciona de una manera muy humana, mas que como un androide. Asesina a su creador por no ser escuchado, si su ‘’dios’’ no pude arreglar lo que ha hecho mal, es mejor matarlo. Además en el final que muestra empatía por Decker y lo salva de la muerte. ¿Acaso eso no era lo único que diferenciaba a un Replicante de un ser humano?.
Muestran los mismos cuestionamientos que el humano a tratado de resolver siempre: ¿De dónde vengo, de donde vengo? ¿Por qué tengo que morir? ¿Puedo ser libre como los hombres? ¿En qué me distingo de los humanos? ¿Cuál es mi identidad?, etc…
En fin, los replicants se muestran tan humanos como cualquier otro incluso hasta mas, a fin de cuentas ¿su frase emblema no es “Nuestro lema es: más humanos que los humanos.”?.


Los Replicants No deben vivir
Primero que nada, a pesar de que son increíblemente parecidos a los humanos, no dejan de ser una creación artificial, pienso que en la película, vemos un futuro muy sombrío, sin empatía y sin esa conexión social del mundo, solo vemos gente pasar por su propia cuenta. Entonces mi inquietud es, ¿Por qué viviendo en un mundo así, la alta sociedad empresarial y científica juega a ser dios?. Es algo muy caótico tener una ciudad así y además sobre poblarla con androides súper inteligentes. Lo correcto seria corregir las problemáticas sociales, procurar avanzar como sociedad y como humanos individualmente.
Las personas de la actualidad (de BR) no están listas para ese tipo de tecnologías, si bien ya están muy avanzados en transporte, comunicaciones, y todo lo demás, no vemos que esa tecnología sea disfrutada por las personas, simplemente esta ahí, como siempre a estado, facilitando tareas pero nunca prestamos atención a lo que simboliza, la gente sigue viviendo igual de mal a pesar de todos los avances tecnológicos, además creo que el miedo a la tecnología siempre va a estar presente en los humanos, ya sea porque se rebelen y nos puedan esclavizar o algo mas simple, solo porque talvez la tecnología pueda reemplazarnos en el área laboral de día a día. Por algo es que los Nexus 6 fueron diseñados para durar tan solo 4 años, para que el ser humano real siempre este al tope de la supervivencia y así prevalecer como la especie dominante.
Ese es otro punto, los Replicants no podrían tomar control del mundo porque a fin de cuentas solo viven 4 años y ellos no conocen la solución a ese problema, así que seguirían  necesitando de los humanos. Además tampoco se nos menciona como es que sobrevivirían, ¿acaso ellos saben como construir mas como ellos, pueden reproducirse como un humano real?. Por lo tanto es me lleva a la hipótesis de que en caso de que ellos lograran tomar el control su régimen solo duraría el tiempo que ellos tienen de vida.
Meterse con el significado de la humanidad es algo de mucha controversia para lo que no muchos estan preparados y me parece de cierta forma injusto traer al mundo estos seres con inteligencia tan avanzada, a nivel de un humano con coeficiente muy alto pero que aun así tienen las mismas preguntas que los humanos reales, (¿Quién soy, de donde vengo, que hay después de la muerte, cual es mi propósito? etc) y digo que me parece injusto darle vida y super inteligencia a estos seres y dejar que se hagan esas preguntas cuando en realidad ni siquiera nosotros podemos darnos las respuestas a eso.


Otra cuestión que me hace ,mucho ruido es lo siguiente; En una parte de la película se menciona que Rachel tiene recuerdos implantados de la sobrina de Tyrell, recuerdos como los de un hermano, miedos, accidentes, una madre, toda una vida de memorias implantada en su cabeza haciéndola creer que de verdad tuvo ella ese pasado; esto la hacia ser un Replicant mucho mas sensible además de que mas difícil de identificar por el cuestionario para los Replicants.
Pero el punto es que dicen que los recuerdos de cada Replicant son falsos, son implantados, entonces en el caso de Rachel mi pregunta es, si tiene todos los recuerdos de una infancia, no perteneciente a ella, si no de otra persona, entonces ¿quien esta pensando en esa mente en realidad?, son pensamientos individuales de Rachel, una personalidad propia o en realidad su personalidad y forma de pensar de la de la verdadera dueña de los recuerdos?. ¿Traspasar los recuerdo de una persona a un cuerpo biomecánico crea una nueva conciencia? O es como si la sobrina de Tyrell hubiera cambiado de cuerpo?
Concluyo con las siguientes citas:
 ‘’La humanidad no sabe a donde va, entonces... ¿Por qué va tan deprisa?’’                                                                                                                       
 -Anonimo

‘’Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo.  Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma.’’









Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda.” Deckard

Blade Runner fue estrenada en 1982 y ya se considera todo un clásico de la ciencia ficción, no solo por toda la influencia que ha ejercido sobre otras películas de ciencia ficción - como puede ser Matrix- o sobre el ciberpunk, sino también, por una serie de preguntas filosóficas que formula y que presentan una continua actualidad.

A pesar de que los efectos especiales hoy están bastante anticuados, la acción rápida de la película, los guiños al cine negro de los años 30 o 40 o incluso al western -con una temática que se puede relacionar a la de Sólo ante el peligro-, hacen que la película pueda ser atractiva para un público muy diverso.

Ahora bien, la mirada que trataré de ejercitar, con una clara intención didáctica – y siguiendo los consejos de Theodore Cooke en su artículo Using Blade Runner in Your Introduction to Philosophy Course -, la centraré fundamentalmente en poner de manifiesto los problemas esenciales del ser humano que la película presenta y, sobre todo, en el replanteamiento que a partir de Blade Runner podemos hacernos sobre qué es lo que nos hace ser personas. Mi expresa intención es remarcar los aspectos del guión fílmico que sirven para complementar el guión de mis clases de Filosofía e Historia de la Filosofía. Y, desde esta perspectiva, los puntos que trataré básicamente, aunque en el redactado están un poco mezclados, son:
1.     La dimensión personal del ser humano.
2.     Forma y límites en el reconocimiento de la identidad personal.
3.     La moral: ¿acaso matar a Dios humaniza o transhumaniza?
4.     El tiempo, el amor y la muerte.
5.     La vida personal como narración.

1. La dimensión personal del ser humano: sentimientos, logos y memoria
Blade Runner está ambientada en el futuro, en 2019, en la ciudad de Los Ángeles. Un grupo de Replicantes Nexus-6, robots creados por la Tyrell Corporation e  idénticos virtualmente a los hombres, han capturado una nave y se dirigen a la Tierra, planeta al que tienen prohibido el acceso, con la esperanza de descubrir su fecha de caducidad. Los replicantes quieren alargar sus vidas pero la policía tiene unidades especiales, que reciben el nombre de Blade Runners, encargados de “retirar” a estos seres cibernéticos.

Aunque los replicantes no son seres humanos, físicamente se parecen y, mas aún, actúan y piensan como nosotros. De hecho, la única manera de distinguir un replicante de una persona es por medio de la prueba Voight Kampff – que parece inspirada en el famoso Test de Turing -; prueba que trata de detectar las señales fisiológicas de la empatía y sirve para determinar a quién debe matar Deckard, el Blade Runner protagonista.

En este punto podemos comenzar a formularnos ya unas cuantas preguntas que nos introducen de lleno en la perspectiva filosófica. Por ejemplo, aunque un replicante no estuviese hecho del mismo material que nosotros, si fuera capaz de reaccionar y responder al igual que cualquier otra persona – Cfr., Searle, J., ¿Es la mente un programa informático?, en Investigación y ciencia, p. 162, 1990. - ¿no deberíamos reconocerlo como persona?  Y, por otro lado, observando sólo los estados fisiólogicos y la conducta, ¿podemos afirmar que el otro – humano o replicante – tiene experiencias similares a la nuestra? Es más, ¿podemos afirmar que los otros tienen mente, teniendo en cuenta que solo tenemos experiencia directa de nuestros propios estados internos?

Deckard aplica la prueba a Rachael, quien trabaja para el Dr. Tyrell, y descubre, con mucha dificultad, que ella también es una replicante, aunque ella no lo sabe. La incredulidad de Deckard se hace patente cuando se pregunta: "¿cómo puede no saberlo?” El Dr. Tyrell señala que le ha introducido un pasado personal en su memoria – recuerdos, experiencias que pertenecen a la infancia de su sobrina – que sirven de apoyo a sus emociones logrando así su mayor y progresiva humanización. Es decir, la memoria junto al desarrollo de sus sentimientos y su capacidad racional son la base de su identidad que le hace reconocerse a sí misma – tener autoconciencia - como humana. Memoria que a su vez, como señala el doctor, a ella le sirve para encontrar su identidad y al que la manipula para controlarla.

2. Forma y limites en el reconocimiento de la identidad personal
El hecho de que Rachael tenga recuerdos de acontecimientos que nunca ha experimentado realmente nos plantea un problema respecto a la consideración de lo qué entendemos por identidad personal. Según Locke, ni el alma, de la que no tenemos experiencia, ni el cuerpo, que puede sufrir modificaciones radicales con el paso del tiempo, pueden ser el fundamento de nuestra identidad personal; lo único que justifica nuestro yo es la conciencia, la uniformidad de la memoria. Ahora bien, si el cuerpo de Rachael posee el cerebro de la sobrina de Tyrell, ¿quién ha sobrevivido a la operación que ha unido ambas partes? Los avances tecnológicos hacen que este planteamiento no sea inverosímil y, sin embargo, ¿qué criterios nos servirían para saber quién sobrevive? Aunque nuestra sociedad hace hincapié en el cuerpo como marca de nuestra identidad: ¿qué problemas se presentan aquí cuando decimos que una persona es idéntica a su cuerpo? Y, por último, si los transplantes de cerebro o implantes de memoria son verosímiles, ¿quién puede afirmar que esto no haya sucedido ya?, ¿no seremos nosotros mismos un replicante?; y Deckard, ¿es un replicante, como sugiere el director de la película?

Más adelante, Rachael salva la vida a Deckard y éste, en una escena conmovedora, a pesar de que su jefe quiere que tambien mate a Rachael, le promete no matarla. Vemos claramente cómo, aunque Rachael está fabricada en un laboratorio, Deckard siente la obligación moral de protegerla, como si se encontrara ante otra persona. Ante Deckard, Rachael pasa a ser un sujeto legal portadora de derechos y deberes. Deckard lejos de considerar a Rachael como un objeto o cosa, como una mesa o un sofá, que no tiene derechos ni tiene por qué ser, por tanto, respetada, hace de ella un ser individual valioso en sí mismo; una persona digna. Ahora bien, si estamos dispuestos a considerar como personas a replicantes como Rachael porque parece que tiene pensamientos y sentimientos similares a los nuestros, ¿por qué no considerar personas a nuestras mascostas e incluso a un oso de peluche con el que un niño ha desarrollado su infancia?

La famosa diferencia de Descartes entre substancias extensas y substancias pensantes es fulminada en el momento que la replicante Pris, en un esfuerzo por convencer a JF Sebastian de su dimensión personal, pronuncia el famoso argumento de Descartes cogito ergo sum (pienso, luego existo). Literalmente, el guión dice: “I think, Sebastian, therefore I am.” Y pongo la frase original porque desgraciadamente, en un momento de alta tensión filosófica como éste, el traductor se lució diciendo “yo creo, Sebastian, que eso es lo que soy.”  Pero, volviendo al hilo de nuestras cuestiones, ¿podemos señalar en éste caso alguna diferencia si la declaración la pronuncia un hombre o un replicante, algo que no es engendrado sino que se produce en un laboratorio? Rachael se ve y actúa como lo haría un ser humano, e incluso está hecha del mismo material orgánico que nosotros. Entonces, ¿qué razón nos queda para no considerarla persona?

Aunque nosotros somos concebidos mediante la reproducción sexual y los replicantes se construyen en un laboratorio, más allá de nuestra diferencia en los puntos de origen, ¿hay alguna diferencia fundamental entre un replicante y un humano que nos permita decir categóricamente que nos diferenciamos los unos de los otros? Además, si tenemos en cuenta el desarrollo actual de la biotecnología deberíamos replantearnos  nuestra identidad como seres humanos incluso en nuestro punto de origen. Si bien, históricamente, la identidad humana venía justificada por la combinación azarosa de un cierto material genético (antropología física), ahora gracias a la biotecnología estamos alcanzando un control desbocado sobre la materia de nuestra identidad.  La posibilidad real de una civilización eugenésica, exige replantear los principios que configuran la identidad humana y valorar las posibles consecuencias filosóficas en nuestra dimensión personal.

3. La moral: ¿Acaso matar a Dios humaniza o transhumaniza?
Blade Runner también tiene la virtud de mostrar “la muerte de Dios” anunciada por Nietzsche en una metáfora audiovisual contundente, llena de tensión y belleza.

Una de las características fundamentales del ser humano es, o ha sido, también la de tener un padre, un padre moral que da la vida, orienta y limita.  Por otro lado, quizás sea también una característica humana la de rebelarse y pedir más al creador. Los replicantes buscan, como cualquier humano, que su creador les dé respuestas y sobre todo tiempo para poder luchar por sus vidas. Los replicantes tienen miedo a morir y exigen, con una desesperación muy humana, que sean modificadas sus capacidades. Cuando Roy, angustiado ante la muerte, asesina brutalmente a Tyrrell, su creador, se humaniza, asumiendo trágicamente su destino y recordándonos a los espectadores que nosotros también tenemos fecha de caducidad. Ahora bien, ¿detrás de la brutalidad que supone el asesinato del Creador, no podríamos ver en Roy un gesto de trans-humanidad que se manifiesta en su falta de resignación, en su deseo de vivir y su amor a la libertad? ¿Qué harías tú si supieses el tiempo de vida que te queda?

Como señala Hegel en la Fenomenología, el reconocimiento de los derechos o libertades pasa por una guerra a muerte entre el “señor” y el “esclavo” que busca ser reconocido. ¿Acaso no fue necesario en la Revolución Francesa cortar la cabeza al rey (representante de Dios en la tierra) para que el hombre pudiese crear sus propios derechos humanos? ¿Puede el hombre ser verdaderamente libre si su moral está sometida a imperativos que no proviene de su propia razón?

El aspecto juguetón de Roy, al final de la película, parece recordarnos a ese niño de Nietzsche que crea más allá de los valores tradicionales para escribir su propio camino, un camino que quizás ya tampoco sea del hombre, sino solo del  übermensch (superhombre o transhombre).

4. El tiempo, la muerte y el amor
El deseo de más tiempo de los replicantes los humaniza pero seguramente es el amor el aspecto más sorprendente que hace que podamos reconocerlos como personas. El amor libera del tiempo y rompe fronteras. Cuando Deckard le dice a Rachael que toca muy bien, hay una exaltación del presente mediante el amor, que hace que ya no importe su pasado ni su identidad, que todos los miedos se borren. Es como si Rachael naciese en ese momento; como si naciese en tanto que ser digno de amor y, en ese sentido, como portadora de derechos.

Al final de la película, en el montaje del productor, el amor libera a Deckard y a Rachael también del futuro, del tiempo que les queda. El amor humaniza a Rachael pero también a Deckard al generarle sentimientos; la fuerza del sentimiento que les une hace que escapen de la esclavitud del tiempo, del miedo a la muerte. Gracias a la pasión amorosa, los protagonistas, muestran un desdén ante lo que les queda porque son felices en ese momento.

Pero también hay otra forma de amor - una forma de amor que sólo es posible a un ser sin resentimiento-, esto es, el amor a la vida de todos por encima de todo; es el amor que Roy muestra claramente al salvar a Deckard.

5. La vida personal como narración
No obstante, cuando Roy salva a Deckard también podemos verlo como una autosalvación. Después de escuchar las campanas que anuncian su muerte, Roy hace un monólogo que dibuja su identidad personal; un monólogo que, a diferencia de la transparencia del yo buscada en la modernidad, busca su identidad en el ir y venir del yo al contexto; un modelo de monólogo propio de nuestra forma contemporánea de darnos identidad. La visión personal de Roy vive gracias a la narración, narración que solo puede sobrevivir si le perdona la vida a Deckard. Acaso, ¿aquello que no podemos contar, no parece como si no hubiese existido?

Ante las puertas de la muerte, Deckard, con una paloma en la mano, que podríamos interpretar como el búho de la sabiduría, reflexiona y toma conciencia de su vida aunque ya sea demasiado tarde:

Cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, entonces ha envejecido una figura de la vida y, con gris sobre gris, no se deja rejuvenecer, sino sólo conocer; el búho de Minerva sólo emprende su vuelo al romper el crepúsculo.  
(Hegel, Fundamentos de la filosofía del derecho, 1820)


Intro
Como la mayoría de los relatos futuristas, la trama Blade Runner, ambientada en una hiper-industrializada ciudad de Los Ángeles del 2019, parte de la extrapolación de hechos sociales, económicos y ambientales de nuestras sociedades desarrolladas. El poder de las grandes corporaciones en la era de la globalización, los experimentos genéticos al margen de la ética, la destrucción del medio ambiente, la desintegración social, realidades de nuestra época tecnocrática, aparecen potenciadas en el film, al recrear un mundo crepuscular y decadente, donde la humanidad se enfrenta a los fantasmas de su ruina moral bajo la forma de unos seres artificiales conocidos como "replicantes". Creados genéticamente a imagen y semejanza del hombre para servirlo como esclavos en su vida en el espacio, aunque mejorados en cuanto a resistencia física, la inteligencia y sentido de auto-preservación de esta estirpe perfecta de androides los ha llevado a rebelarse contra sus amos para liberarse de su yugo y ahora buscan en la Tierra la contestación a sus muchas preguntas, pero fundamentalmente demandan la prolongación del período vital de 4 años fijado en su diseño. El gobierno encarga de eliminar a estas criaturas a los servicios de policías especiales o "Blade runners", cazadores profesionales entre los que se cuenta el protagonista, Dick Deckard (Harrison Ford).
Con las palabras que siguen da comienzo el film:
Los Replicantes Nexus-6 eran superiores
en fuerza y agilidad, y al menos iguales en
inteligencia, a los ingenieros de genética
que los crearon.

En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados
como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración
y colonización de otros planetas.

Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate
de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes fueron
declarados proscritos en La Tierra bajo pena de muerte.

Brigadas de policías especiales, con el nombre de Unidades
de Blade Runners, tenían órdenes de tirar a matar
al ver a cualquier Replicante invasor.

A esto no se le llamó ejecución,
se le llamó retiro.




¿Cómo distinguir un hombre de un replicante?
El primer problema que tiene Dedkar es averiguar quién es replicante y quién es humano. Esta es también la primera pregunta que nos plantea Blade Runner: ¿Cómo distinguir un ser humano de un replicante?
 Los replicantes son seres creados por ingeniería genética y constituidos con la misma materia de la que están hechos sus creadores humanos. Se diferencian de los ciborg que son seres humanos creados, inicialmente, de forma natural, pero con la cualidad de poseer toda una serie de injertos tecnológicos y añadidos artificiales.
Hasta ahora los antropólogos y filósofos habían querido conocer qué es lo que nos distingue de los animales. En la era de la cibernética y la biotecnología las preguntas son otras:
¿Qué nos distingue de las diversas formas de la inteligencia artificial? ¿Qué no distingue de los replicantes?
La Tyrell Corporation parece tenerlo muy claro. La respuesta está en la empatía
¿De dónde vengo?
El siguiente paso que ha de dar nuestro Blade Runner es trasladarse a la Tyrell Corporation para realizar un test de empatía a Rachel, un modelo de Nexus más avanzado y sin aparente fecha de caducidad. El test consiste en una serie de preguntas pensadas para provocar emociones en el individuo, observando la dilatación y contracción de la pupila, de este modo se puede determinar si es o no un ser humano. Deckar, después de realizar un número de preguntas poco corriente, decide que ella es una replicante. Deckar continuando la investigación, se desplaza a la vivienda de Leon y allí encuentra una escama de serpiente. Esta escama de serpiente, le llevará hasta Zhora, una bailarina de strip-tease que trabaja en un club de la ciudad. Después de que Deckar hable con ella, ésta logra escaparse, pero un poco más tarde es abatida por el Blade Runner. Deckar, extenuado tras la lucha mantenida con Zhora, se encuentra de forma inesperada con Leon, ambos se enfrentan, y después de una dura pelea el replicante domina la situación. Cuando se dispone a dar muerte al Blade Runner, es abatido de un disparo por Rachel. La conducta afectiva de ésta hacia Deckar es recíproca, y tiene su origen en la fascinación que causa en él la perfección y sinceridad que de ella emanan.
En el otro extremo de los Angeles, uno de los diseñadores genéticos de los Nexus 6, J.F. Sebastián, se encuentra en el portal de su vivienda con la replicante Pris, invitándola a subir a su domicilio. Transcurridas unas horas, aparece Roy.
Ambos le piden que les alargue la vida, pero como esto no es posible le fuerzan a que les lleve delante de su creador.
Esta es, pues, la segunda pregunta de Blade Runner ¿de dónde vengo? El replicante Roy llega hasta su creador y al no conseguir de él que le alargue la vida le da muerte. Blade Runner recrea en clave fílmica la cuestión nietzscheana de la muerte de Dios
La conversacion de Roy y su creador
Tyrell: Me sorprende que no hayas venido antes.
Roy: No es cosa fácil conocer a tu creador.
Tyrell: ¿Y qué puedo hacer yo por ti?
Roy: ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho?
Tyrell: ¿Te gustaría ser modificado?
Roy: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.
Tyrell: ¿Qué..., qué es lo que te preocupa?
Roy: La muerte.
Tyrell: ¿La muerte? Me temo que eso está fuera de mi jurisdicción, tú...
Roy: Yo quiero vivir más, padre.
Tyrell: La vida es así. Hacer una alteración en el desarrollo de un sistema orgánico de vida es fatal. Tú fuiste formado lo más perfectamente posible.
Roy: Pero no para durar.
Tyrell: La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad,
Roy. Mírate. Eres el hijo pródigo. Eres todo un premio.
Roy: He hecho cosas malas.
Tyrell: Y también cosas extraordinarias. Goza de tu tiempo.
Roy: No haré nada por lo que el dios de la biomecánica me impida la entrada en su cielo.
La conversación de Roy y Tyrell nos da ocasión para plantearnos otra interrogante filosófica ¿Sobrevivimos a la muerte?
A continuación Roy, da muerte a J.F. Sebastian y se dirige al domicilio de éste para reunirse con Pris, pero Deckar ya se encuentra allí y tras una ardua pelea consigue exterminarla. Al llegar Roy a la vivienda, Pris yace sin vida, entonces intenta reanimarla, mostrando a su vez sus sentimientos de amor hacia ella. Al fracasar en su intento, encolerizado y consciente de que su asesino se halla todavía en el inmueble, decide ir a por él. Al encontrarse Deckar y Roy mantienen una sangrienta lucha que culmina en la terraza en una de las mas bellas escenas que haya dado el cine en todos los tiempos.
Roy: Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.
 Deckard cae, pero Roy logra sujetarlo en el último momento. Le levanta en vilo y le deja sobre la azotea
Roy: Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Para entonces el Replicante ya sabe por qué no quiere morir, y por qué no hay que matar. Porque cada vida es algo único, un tesoro de incalculable valor. Porque un hombre muerto se lleva con él toda la belleza de sus recuerdos.
( Roy muere. La paloma sale volando hacia el cielo ]
Deckard (voice-over): No sé por qué me salvó la vida. Quizás en esos últimos momentos amaba la vida más de lo que la había amado nunca. No solo su vida; la vida de todos, mi vida. Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda. Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí y verle morir.
 
El replicante perdona la vida del Blade Runner, muriendo a continuación, tras haber transcurrido el período de vida que le había sido implantado por su creador. Las fronteras establecidas por la Tyrell entre los hombres y los replicantes desaparecen, pues Roy ha sido capaz de realizar un acto de de empatía.


¿Qué quieren hombres y replicantes?
Los replicantes son esclavos desde el instante de su creación. Además son esclavos proscritos condenados a muerte en la Tierra.
 " Vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo"(Roy )
Los replicantes no quieren ser esclavos. Pero ¿qué es ser libre?
Hombres y replicantes quieren conocer su origen último (¿de dónde vengo?)
Hombres y replicantes quieren conocer su identidad.
La aparente diferencia entre los humanos y los replicantes es que los humanos tienen una biografía, tienen una infancia. Los replicantes, en su deseo de comprenderse, buscan su pasado, necesitan de las fotos para reafirmarse, para crear su propia identidad en su corta, violenta, plena y fugaz existencia. ¿Es el pasado, la memoria, lo que confiere la condición humana? ¿No son nuestros intentos de dar una coherencia a nuestra experiencia y biografía tan angustiosos y artificiales como los de los ingenuos replicantes atropellados por su corto pasado?
Hombres y replicantes no quieren morir

¿Qué aprendimos con Blade Runner?
A lo largo de tu recorrido por los diferentes enlaces que te proponemos habrás ido estudiando algunos de los temas filosóficos que Blade Runner sugiere. Y en concreto lqs siguientes cuestiones:

  1. Mente humana/Inteligencia Artificial
  2. La identidad humana
  3. La sociedad tecnocrática
  4. Dios
  5. La muerte
  6. La libertad
  7. Ética y ciencia
Estos temas responden a algunas de las preguntas que se hacía el replicante Roy Batty y a algunas de las interrogaciones del propio film. Entre las primeras están:
¿Por qué tengo que morir?
¿Puedo ser libre como los hombres?
¿En qué me distingo de los humanos?
¿Cuál es mi identidad?
Escribe una carta a Roy Batty para contestarle a estas cuatro preguntas.
Las otras interrogaciones que plantea la película podemos resumirlas en dos cuestiones: ¿En qué se parece la Sociedad que se presenta en Blade Runner a la nuestra?
¿Habría que poner límites éticos a la ciencia para no llegar a una sociedad como la de Blade Runner?
Contesta también a estas preguntas.
Saludos replicantes.



Blade Runner y Frankenstein

Las películas Frankenstein (Branagh, 1994) y Blade Runner (Scott, 1982) tienen muchas cosas en común y muchas diferencias. Entre las primeras, la que más destaca es que ambas hablan de las emociones humanas, auténtica base de la construcción social de la realidad (Gergen, 1994). Y entre las diferencias hay una significativa: el ser creado por Victor Frankenstein no tiene nombre; los de la Tyrell Corporation, sí…

Efectivamente, el sustrato de ambos films es el manejo de las emociones por parte de los seres no-humanos[1] que los protagonizan. La psicología popular asienta la personalidad –el yo- en lo emocional, en un intento de escapada de los determinismos genético, social y/o tecnológico. Parece que las emociones son difícilmente controlables por el poder y el orden establecido; también por los determinismos citados. Encontrar el equilibrio entre la rienda suelta y el control es encontrar la realización personal en el entorno cultural que a cada uno nos ha tocado –o hemos elegido- vivir. La pregunta –el sustrato de las dos películas- es, pues: un ser que no ha seguido los cauces naturales de concepción, desarrollo, socialización y culturización, ¿es humano, aunque llegue a parecerlo?

El complemento ideal a la sensación de individualización que da el manejo de lo emocional es el nombre; si es con apellidos, mejor. El ser creado por Frankenstein no tiene nombre; es anónimo. Los replicantes de Blade Runner tienen nombres y apellidos. En mi opinión, esta circunstacia atiende a diferencias en las dos épocas sociohistóricas que presentan las películas: la incipiente Segunda Revolución Industrial y la Postmodernidad[2]. La primera está intentando –mediante la ciencia- poner orden en el caos. Hay muchas cosas –incluso monstruosas- que aún no tienen nombre. Como tal, no existen (o, al menos, no deberían existir). La Postmodernidad está haciendo todo lo contrario: intentar descubrir cómo es el caos del orden heredado de la modernidad; el orden en el que todo tiene nombre y apellidos. Quizá demasiados nombres; quizá demasiados apellidos…

Ambas épocas históricas muestran macro-diferencias paradigmáticas (Kuhn, 1962) si las analizamos desde el punto de vista de las interacciones entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. Es ya clásico el acercamiento a la dinámica epistemológica de la ciencia desde dos puntos de vista. a) El diacrónico -predefinido como el "contexto de descubrimiento"- hace referencia a la ciencia como proceso. b) El sincrónico -"contexto de justificación"-, a la ciencia como producto.

Si el enfoque de este ensayo debiera, en principio, fijarse más en el punto de vista diacrónico, es preciso también analizar el contexto de justificación, ya que los elementos de comparación son siempre en base a productos, elaborados, sin duda, durante un proceso.

El concepto de paradigma científico se presta a no pocas interpretaciones. El mismo Kuhn -quien lo introdujo por primera vez en su ya clásico "La estructura de las revoluciones científicas" (1962) lo utilizó en diferentes contextos y con significaciones similares aunque diversas. Para los objetos de este ensayo, focalizado desde un punto de vista macro, parto de la definición que el propio Kuhn reformula en 1974 (pág. 318): "Un paradigma es lo que los miembros de una comunidad científica, y sólo ellos, comparten". La cuestión, sin embargo, es que ahora, en la postmodernidad, no son sólo los miembros de esa comunidad especializada los que comparten las bases y consecuencias de la construcción científica, tecnológica y social. De acuerdo con las teorías de la Sociología Simétrica (Callon, 1992; Latour, 1991; Latour, 1994; Latour, 1999. Ver también Aibar, 1996; Aibar, 1999) todos somos actores-red. Todos –los antes sujetos y objetos- somos actantes (Latour, 1991; 1994); estamos inmersos en los procesos de producción y consumo por diferentes circunstancias, entre las que la más destacable es que el consumo en sí es, ahora, una forma de producción, siguiendo a De Certeau (1984). Producción difusa, incontrolable, silenciosa y casi invisible en tanto que se manifiesta no por la adquisición de los productos tecnológicos, sino por su uso y por la apropiación simbólica que de ellos se hace. Lo que las personas hacemos en nuestras vidas cotidianas ya no viene determinado por creencias religiosas o místicas –como en la época de Frankenstein, si exceptuamos a la comunidad científica-, sino que “Una parte importante de lo que en la actualidad se consideran principios de sentido común no es otra cosa que el conocimiento científico de ayer que ha adoptado una forma diferente” (Barnes, 1985, pág. 19), gracias, entre otros, a los medios de comunicación de masas.

¿Hay una revolución científica en el siglo XIX? ¿La hay en el Siglo XXI? De acuerdo con Kuhn (1987), es preciso diferenciar el cambio "normal" del revolucionario. El primero responde a una evolución lógica de la ciencia en cuanto a acumulación de saberes. Como resultado, los descubrimientos previos (contexto de justificación) no desaparecen ni se desestiman, sino que ven ampliado su alcance y generalización, incluso, a otros campos del saber. Es, pues, un proceso amplio y dilatado en el tiempo que se da en forma de adición.

La revolución paradigmática supone un cambio más radical y corto en el tiempo. El propio Kuhn (1977, pág. 249) afirma que "Las revoluciones....son episodios en que una comunidad científica abandona la manera tradicional de ver el mundo y de ejercer la ciencia a favor de otro enfoque a su disciplina, por lo regular incompatible con el anterior". Y más tarde (1987, pág. 59),


"Los cambios revolucionarios son diferentes y bastante más problemáticos. Ponen en juego descubrimientos que no pueden acomodarse dentro de los conceptos que eran habituales antes de que se hicieran dichos descubrimientos. Para hacer, o asimilar, un descubrimiento tal, debe alterarse el modo en que se piensa y describe un rango de fenómenos naturales."

La clave, pues y en mi opinión, está en que el cambio revolucionario se da si se observa una alteración significativa en el modo en que se piensa y describe algo. ¿Ha ocurrido esto entre principios del Siglo XIX y principios del XXI? En mi opinión, sí. Y seguro que esta opinión es compartida por muchos de mis coetáneos. Pero, ¿por qué?

Si los cambios -revolucionarios o normales- hacen referencia al contexto de justificación para analizar su presencia es preciso situarnos en el contexto de descubrimeinto, adoptando un punto de vista diacrónico ya definido. Es necesario, pues, establecer dos momentos de comparación, momentos que son los reflejados en las películas analizadas. Siguiendo a Estany (1999, pág 26), "Para detectar los cambios ocurridos en una disciplina es necesario hacer un estudio sincrónico de dos secuencias y sólo después podremos compararlas y decir qué ha cambiado" .

Y, probablemente, lo que ha cambiado es la propia definición de la(s) ciencia(s)… O sea, todo. Veamoslo.

El monstruo de Frankenstein. El discurso de la ciencia y la tecnología en la Segunda Revolución Industrial (los científicos y los productos científicos como artistas románticos)

La obra de Mary Shelley se inserta plenamente en el Romanticismo literario, aunque la escribió en los albores de la Segunda Revolución Industrial; y es en esta época histórica en la que se sitúan los hechos relatados en la película. Así, en la misma aparecen muchos de los avances tecnológicos producidos por la Primera Revolución Industrial y ampliamente usados en la Segunda; la electricidad y el vapor, por ejemplo.

En este entorno la ciencia es todo acercamiento metodológico al mundo, a la naturaleza en general considerada como algo externo a la construcción humana, que incremente el saber. “… se deriva de los hechos, en vez de basarse en opiniones personales.” (Chalmers, 1976, pág. xx). El fruto de este saber tiene aplicaciones prácticas materializadas en determinadas tecnologías. Ofrece “…una explicación completa y global del mundo que podía servir como alternativa válida (…) a la visión del mundo religioso…” (Barnes, 1985, pág. 14). Tanto ciencia como tecnología son atractivas “…para quienes valoraban la utilidad y encajaba con el enfoque utilitario de la vida de que hacían gala las nuevas clases sociales” (Barnes, íd.). No en vano, es a principios del Siglo XIX cuando el filósofo John Stuart Mill publica sus reflexiones morales en torno al utilitarismo (1984) como forma de alcanzar el bienestar, la felicidad…  

La institución científica (Aibar, 1999) está en pleno período académico. El científico –y todo lo relacionado con la ciencia- cumple con criterios de dedicación completa, especialización, formación específica y autonomía respecto a los poderes políticos y/o religiosos. Se ha superado el llamado “período amtaeur” de la ciencia, propio de los siglos XVII y XVIII; pero está lejos todavía del que conocemos como período profesional, el propio de la tecnociencia, en el que vivimos desde prácticamente mediados del siglo pasado. Se cumplen los criterios imperativos institucionales básicos (Aibar, 1999), a) Universalismo; b) Comunismo; c) Desinterés; y d) Escepticismo organizado. 

¿Cuál es, pues, el contexto en que trabaja Victor Frankenstein? Mecanización tecnológica insospechada unos años antes. Y curiosidad, querer saber más, para poder hacer más. No otra cosa eran entonces –y lo siguen siendo ahora, en muchos aspectos- la ciencia y la tecnología. Saber y hacer para llegar, incluso, a una de las más grandes aspiraciones del ser humano desde los tiempos de Prometeo: crear vida inteligente saliendo de los cauces de la naturaleza, o sea usando los de la tecnología previamente construida por los propios humanos. Alcanzar la inmortalidad.

Y lo consigue. Pero prácticamente solo. El científico de principios del Siglo XIX es –también- un héroe romántico. Evita el miedo a lo desconocido. Es un explorador de la amplitud del mundo natural. Y es un experimentador que no llega a calcular bien los resultados de sus experimentos. Victor se aleja de la academia, se esconde, se recluye. Se aisla de un discurso científico mecanizado, tecnológico y racional, pero que no es capaz de terminar con las enfermedades, con la peste… con la muerte.

Victor, impresionado por la muerte de su madre y por la caída de un rayo en un día de tormenta, se arropa en el utilitarismo. La búsqueda del placer, de la felicidad, no en un sentido puramente hedonista, sino en el de lo que ahora llamaríamos “calidad de vida” parece ser –y lo sigue siendo- uno de los objetivos de la ciencia. Y ¿qué mejor calidad de vida que vencer a la enfermedad y la muerte? Pero la academicidad no aprueba sus métodos y Frankenstein rompe con los criterios institucionales antes enumerados. Frente al universalismo, subjetiviza sus criterios. Frente al comunismo, los secretiza. Replica su experimento con el único interés de devolver la vida a su amada asesinada por su propia creación. Cree en la verdad absoluta de lo que su corazón –y su razón, y su experiencia- le dicen. Victor se sale de la normatividad científica y crea su criatura, en la honesta esperanza de contribuir a un mundo mejor primero; en el interés egoísta de volver a la vida al ser amado después. Pero, “Las creaturas que uno crea se vengan pidiendo y pidiendo sin parar” (Broncano, 2000, pág. 28). Y lo primero que pide la creatura de Frankenstein es la satisfacción de una emoción, el amor. No puede estar solo…

Esa búsqueda de la (in)satisfacción de lo emocional es la que desencadena la monstruosidad de la criatura, escapando al control de la institucionalidad social del momento. En cierto modo, cuando la ciencia se hace opaca, se “cajanegriza” (Latour, 1994), y “…In that sense they can become Frankensteinian monsters that run out of control. When institutions take over from people, people relinquish tehior responsibility. And that is when the worst damage is done” (Roszak, 1999, pág. 18), se inicia un nuevo período oscurantista ajeno a las intenciones fundacionales de la Ilustración: el conocimiento racional del mundo y la universalización del disfrute de las tecnologías.

En un aparentemente natural movimiento continuo, conforme los saberes y haceres se van haciendo más amplios van también guardándose en cajas negras, ajenas al devenir social de las personas que no son estrictamente miembros de la comunidad científica.

Un siglo más tarde –mediados del XX- el terror del Holocausto y de Hiroshima y Nagashaki, ampliamente divulgados por los –ya- mass media, hace, seguramente, que la confianza absoluta en las cajas negras de la ciencia se debilite, como Frankenstein debilita su fé de hombre científico/romántico cuando ve los resultados del monstruo que ha creado.

Y es entonces –mediados del Siglo XX- cuando empiezan a aparecer las primeras teorías sociológicas y filosóficas sobre la ciencia y la tecnología. Quizá un cambio de paradigma…

Los cyborgs de la Tyrell Corporation. El discurso de la ciencia y la tecnología en la postmodernidad (los científicos, los discursos y los artilugios tecnológicos como actores-red)

Los replicantes protagonistas de la película de Scott son cyborgs sin emociones con un pequeño error en su programación genéticocibernetica. Con el tiempo se emocionabilizan. Su mayor poderío físico y su igualación intelectual ante el humano les hace útiles. Su emocionalibidad, peligrosos. ¿Solución? Una intervención programática les hace morir a los 4 años de vida; antes de que el proceso de emocionabilidad culmine. Pris, Leon y Roy Batty escapan de la colonia donde están recluidos y vuelven a la Tierra, a la búsqueda de quienes les crearon. La criatura de Frankenstein quería amar. Las de la Tyrell Corporation ya aman. Lo que quieren es vivir.

Blade Runner es, probablemente y según algunos autores (Lyon, 1999), la primera y mejor película de la Postmodernidad. Seguramente refleja con bastante exactitud quiénes somos –biosociotecnólogos- en el mundo absolutamente mediado por los discursos científicos. A pesar de lo cual, nos cuesta bastante encontrarnos.

Pris se ha perdido, no tiene casa y es como huérfana, “No somos ordenadores, somos seres físicos. Yo pienso… luego existo”. Leon tiene miedo; Roy Batty también, “Es duro vivir con miedo, verdad?... en eso consiste ser esclavo”.

Rachael es una nueva versión del NEXUS-6, seguramente algo más domesticada. Desconocemos si ha sido reprogramada para controlar sus emociones. No sabemos si superará los cuatro años de vida. Pero hay dos cosas interesantes: a) es "More human than human" (Tyrell Corporation). Y b) "Commerce is our goal here at Tyrell". Pero Rachael no es objetivo de comercio, no está (I'm not) en el negocio. Ella es (I am) el negocio. Negocio de las emociones –objeto de estudio de la ciencia psicológica-, y negocio de la ciencia, de la tecnología y de sus discursos.

Todos somos ya negocio en el intercambio de emociones, discursos, conocimientos y habilidades. Todos somos, al tiempo, científicos y técnicos. Porque todos somos máquinas sociales. Somos ese cyborg descrito por Haraway (1991): narrativo, máquina, cuerpo, comunicación y evocación. Pensamos, existimos y vivimos con miedo, aún teniendo a nuestra disposición herramientas que nos acercan a la inmortalidad. Inmortalidad que, a diferencia de Frankenstein, no llegamos a alcanzar.

El sociólogo Ulrich Beck (1986) muestra que las medicinas que consumimos son máquinas. ¿Dolor de cabeza? Máquina aspirina. ¿Epidemia de gripe? Máquina de guerra vacunación viral. ¿Depresión? Máquina Prozac. ¿Impotencia? Máquina Viagra. ¿Ansiedad? Máquina Valium. ¿Trastornos psicopatológicos? Máquina terapia mediante la construcción dialógica basada en la más potente tecnología jamás inventada -fabricada- por los humanos, el lenguaje... Haraway (1991), en un excelente capítulo -del que sólo el título ya evoca inquietud, "La biopolítica de los cuerpos postmodernos: constituciones del yo en el discurso del sistema inmunitario"- de su magnífico libro referenciado al final, trabaja en una profunda crítica a la ciencia objetivista en el entorno socialmente construido de la máquina de muerte SIDA. No hablemos de otros diversos implantes no-humanos que cada día más se insertan en nuestro organismo humano (marcapasos, prótesis…).

Ahora estamos en plena era de la tecnociencia (ver Aibar, 1999). ¿Es distinto el año 2005 al 2019[3]? Seguramente no mucho. Seguramente todavía no somos replicantes NEXUS-6; pero –a la vista de lo que hacemos[4]- sí que somos un modelo experimental pre-NEXUS-1.

¿Diferencias entre Frankenstein y Blade Runner? Si en los párrafos dedicados a la primera prácticamente sólo he hablado del científico, del creador; ahora en las palabras recién escritas prácticamente sólo he hablado del producto, de la creación…

A modo de conclusión.-

El prestigioso sociólogo Pierre Bourdieu (2001, pág. 12) se pregunta,

“¿Cómo es posible que una actividad histórica, inscrita en la historia, como la actividad científica, produzca unas verdades transhistóricas, independientes de la historia, desprendidas de cualquier vínculo, tanto con el espacio como con el tiempo y, por tanto, válidas eterna y universalmente?”

El filósofo Jürgen Habermas (1984, pág. 21): afirma "Las reglas y normas no son algo que acaezca, sino que rigen en virtud de un significado intersubjetivamente reconocido."

La feminista radical y teórica de la tecnociencia Donna J. Haraway (1997, pág. 24) dice,

“… insisto en que las relaciones sociales incluyen a humanos y a no humanos como socios socialmente activos, o lo que es lo mismo para este extraño amontonamiento, como sociotécnicamente activos. Todo lo que es inhumano no es no genérico, ajeno al parentesco ni a los òrdenes de significación, ni excluido del comercio de signos y maravillas”.

Y la profesora Leopoldina Fortunati (2003, págs. 74-75) asevera que,

“In highly industrialized countries, we are entering a third stage, distinguished by the fact we are investing technologically in the human body. (…) The symbiont, the individual-machine that lives both a human and un-human life, is the symbol of the new structure of social relations”.

Desde luego, el mundo –como muestra también Don Ihde (1990) en su descripción de la primera hora de la vida diaria de cualquier humano occidental- está absolutamente tecnologizado. Pero esto no es nuevo. Entiendo que la primera tecnología es el lenguaje. Mediante él el ser humano no sólo empezó a cambiar el mundo, sino a construirlo, a adaptarlo a sus formas de hacer, a sus caprichos y emociones, a su sociabilidad, en definitiva.

Desde que no somos pre-humanos ninguna revolución científica, ningún cambio de paradigma puede compararse a lo que sucedió cuando el primer homínido dijo la primera palabra, explicó la primera imagen. Todo lo demás –la escritura, la religión, la imprenta, las revoluciones industriales, internet, la generalización de los medios de comunicación- no son más que actualizaciones sociales de la primera tecnología que nos hizo auténticamente humanos.

Lo tecnológico –lo no-humano, lo no-natural- es simbólico; no tiene sustancia por sí mismo, como tampoco la tiene lo humano, lo natural. Ninguno de los dos son materiales, por eso son –somos- lo mismo[5], “… ellos son nosotros” (Latour, 1994, pág. 300).

Todos somos actantes, objetos-instituciones (Latour, 1994) evocados por la simbología sociotecnocientífica en que estamos inmersos. Lo que somos y lo que seremos no está determinado ni por el discurso de la ciencia (biología, por ejemplo), ni por el de la sociología (o la psicología social) ni por el de la tecnología (ingeniería genética, también por ejemplo). El actor-red  (los antiguos sujetos y objetos; los actuales actantes) es multidimensional y pluri-interaccional gracias, también, a las famosas Tecnologías de la Comunicación que se han insertado, sin darnos cuenta, en nuestra cotidianeidad, en la de todos. Y no nos hemos dado cuenta porque ahora –a diferencia del siglo XIX- ellas, repitiendo a Latour, son nosotros.

¿Es suficiente muestra de cambio de paradigma? Lo que importa no es si la tecnociencia es verdad o no. O si era más verdad la etapa académica de la ciencia. Lo importante es que entonces no había una metaciencia de la ciencia. Ahora sí, reflejada, entre  otras, en las teorías del constructivismo social de la ciencia y la tecnología; o en la sociología simétrica.

Pero hay más, el todavía héroe romántico/científico de la época de Victor Frankenstein tenía muy limitado su universo relacional. No tanto como en oscuras épocas anteriores a la Ilustración. Pero muy limitado. Vivía en un mundo –un poco poético, un poco místico- de descubrimientos apasionantes que le empujaban a querer crear cosas útiles, aunque muchas veces ajenas a él mismo. Hoy el científico es co-constructor –cyborg (Haraway, 1991); ingeniero-sociólogo (Callon, 1992)- de la realidad. “… la diferencia radica en que el último traduce, cruza, enrola y moviliza más elementos, más ìntimamente conectados y con un tejido social más sutilmente entretejido que el primero” (Latour, 1994, pág. 274, cursivas en el original).

Josep Seguí Dolz
València, 11/10/2005



“… me he esforzado en conservar la verdad elemental de la naturaleza humana, aun cuando no he tenido ningún escrúpulo a la hora de crear ciertas innovaciones dentro de las posibles combinaciones que dicha verdad admite. (…) … ni siquiera para el más humilde narrador (…) puede constituir un motivo de presunción excesiva el emplear en sus novelas ciertas libertades (…) que le hagan posible conseguir las sumblimes combinaciones de afectos humanos que brotan de las más hermosas páginas de la poesía”. (Mary W. Shelley en “Advertencia”; Frankenstein, 1817)

"I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near the Tanhauser Gate. All those...moments...will be lost...in time. Like...tears...in rain. Time...to die." (Roy Batty en Blade Runner, 2019)



Referencias bibliográficas.-

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Videografía.-

Branagh, Kenneth (1994). Mary Shelley’s Frankenstein. Columbia Tristar.
Scott, Ridley (1982). Blade Runner. Warner Brothers.

Formato de citación:

Seguí Dolz, Josep (2005). Frankenstein y Blade Runner. El discurso de la ciencia, de la tecnología, de los científicos, de los productos científicos. Publicado a través de Socioconstruccionismo. Accesible en: http://es.scribd.com/doc/63878251/Frankenstein-y-Blade-Runner.




[1] Permítaseme, por ahora, calificar a esos protagonistas de ambas películas como “no-humanos”. Más adelante, en este mismo ensayo, es muy probable que me desdiga de mi calificación…
[2] Soy consciente de que a mucha gente en nuestro entorno no le agrada este término (Aibar califica lo postmoderno como “una mera caricatura oportunista de la modernidad venida a menos”, 1996, pág. 28). Pero lo utilizaré como un término, digamos histórico, el plazo que va desde los años ochenta del Siglo XXI hasta nuestros días. Creo que es a partir de esas fechas cuandos empiezan a ponerse en duda muchos de los supuestos derivados de la época académica y  más retórica de la ciencia moderna. Véase al respecto, por ejemplo, Lyotard (1994, pág. 43), "Nuestra hipótesis es que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada postmoderna".  O Vattimo (1990, págs. 10-11)."...la modernidad deja de existir cuando -por múltiples razones- desaparece la posibilidad de seguir hablando de la historia como una entidad unitaria. (...) ...(siguiendo un camino iniciado por Marx y por Nietzsche,...) se llega a disolver la idea de historia entendida como decurso unitario. No existe una historia única, existen imágenes del pasado propuestas desde diversos puntos de vista, y es ilusorio pensar que exista un punto de vista supremo, comprehensivo, capaz de unificar todos los demás..."


[3] Fecha en que se sitúa la acción en la película.
[4] En un principio había escrito “…a la vista de lo que está pasando…”. Pero no. Las cosas no pasan porque sí; siempre pasan porque las decimos y las hacemos.
[5] Y ahora me desdigo de mi nota el pie de la página 1.

Blade Runner veintisiete años después



Cuando Ridley Scott filmó Blade-Runner, en 1982, la imaginería postmoderna nos había dado ya alcance de manera plena. La ciencia ficción clásica había muerto y con ella el discurso que la nutrió, vigorizándola hasta la aporía. Es decir, la firme creencia en la posibilidad de un futuro mejor, la convicción de que la humanidad observa un tránsito lineal y acumulativo hacia el progreso, la fe en la capacidad de aprendizaje de la especie. Todas estas actitudes colapsaron en el último cuarto del siglo veinte sobre los goznes chirriantes de sus endebles contenidos conceptuales. Exactamente lo contrario parecía ser lo verdadero. Degradación social inexorable, acumulación de males biológicos y tecnológicos, saltos cualitativos azarosos en la marcha temporal de la humanidad. El imperio del caos. La herrumbre y la corrupción. El triunfo de la estética cyberpunk.
La ciudad de Los Ángeles en el año 2019 es un zoológico urbano. En ese espacio vital de la decadencia y la explosión social se hacinan en sus calles multitudes poliétnicas, animales biomanufacturados y seres robóticos cuasi humanos. Al mismo tiempo, como un claro aviso de que el sistema social ha llegado a una etapa crepuscular, la megalópolis se halla bajo la lluvia pertinaz y las eternas brumas que sólo ocasionalmente dan paso a un sol poniente. En tanto que chimeneas de fuego en lo alto de numerosos edificios indican desde la deslumbrante toma inicial que la urbe es una bienvenida a los infiernos.
En efecto, el anuncio y el reclamo inaugural que tendrá el teniente Rick Deckard (Harrison Ford) para reincorporarse a sus actividades de detective y matón policiaco es que los demonios se han rebelado y han vuelto a su lugar de origen —la Tierra—. Cinco androides, conocidos como “replicantes”, se encuentran en la ciudad con fines aviesos. Sólo un ángel caído conocedor del terreno y el oficio habrá de poder encargarse de ellos; “retirarlos”, para usar el término oficial. Es entonces que comenzará a desarrollarse la trama, estructurada como novela negra, homenaje y pastiche del cine noir de los cincuenta, reelaborada en un entorno futurista y decadente.
Al despliegue inicial de la serie de los terrores propios del cyberpunk que la cotidianidad mundial parece ir cubriendo puntual e inevitablemente, como son la hiperpolución, la completa perversión del ecosistema y el advenimiento probable de los ciber-fascismos, en su personalísima versión de Do the Androids Sleep with Electric Sheep?, quintaesencial novela del subgénero, que Phillip K. Dick escribiera en 1968, Scott retomó como vértice de su cinta el tema de la usurpación divina en manos del hombre. La creación emulando al creador. Sin embargo, la parábola scottiana carece de discurso moralizante o grandilocuente —en el sentido teológico del término—. En cambio, remite al acontecimiento de la pérdida ilustrada de la divinidad y sus inquietantes consecuencias mundanas en un espacio estético postmoderno lleno de posibilidades biotecnológicas, como el representado en la trama.
De esta manera, los hijos rebeldes de la Corporación Tyrell, emporio de la creación ciber biológica mundial, vuelven a la Tierra desde su estadio de esclavitud en las colonias espaciales con el fin de exigir a su dador de vida más tiempo de supervivencia. Desencadenados en las acuosas y humeantes calles angelinas (la imperturbable niebla resalta el carácter a un tiempo de contenedor zoológico y de gruta infernal de la ciudad; vaho y humo: aliento y piedras ardientes), su sola presencia no es suficiente para perturbar el caótico y abigarrado orden social citadino, plenamente acostumbrado a la excentricidad. De manera que lo único que perturban es la tranquilidad del teniente Deckard, cuya misión cazadora comienza a revertírsele por etapas.
La lucha entre las criaturas —las unas clandestinas; la otra, representante de la ley y el orden— halla su primer momento bélicamente virtuoso cuando el agente blade-runner despedaza de dos disparos de su pistola de doble cañón la espalda y el sistema vital de Zora (Joanna Cassidy) a mitad del aparador de un centro comercial, tras una vertiginosa persecución por el aglomerado centro urbano. Scott subraya el dramatismo del momento con la secuencia de la caída de la androide en cámara lenta y los teclados y el saxo de Vangelis saturando la atmósfera. La muerte violenta de la humanoide es prácticamente igual de desoladora que la de cualquier humano en plenitud. Aquí cabe pensar que la utilización de la transparencia —ella lleva una chaqueta translúcida y muere a mitad de una caja de vidrio, que contrasta sin equívocos con el escarlata de la sangre, remite a la pulcra naturaleza del acto: la lógica inevitable de la vida, y el pertinaz instinto asesino de nuestra especie, así sea contra sus propios engendros.
En medio del fragor de su misión, Deckard da con Rachel (Sean Young), bella replicante que cree que es humana. Tras un primer encuentro que termina con la ruda advertencia que él le hace sobre su naturaleza pseudo humana, afirmando que los supuestos recuerdos que posee son meros implantes némicos de la sobrina del dueño de Tyrrell Corp., el encuentro erótico entre ellos sigue a un momentum determinante que la humaniza: salva la vida del teniente cuando Leon (Brion James), amante de la recién retirada Zora, está a punto de, literalmente, sacarle los ojos en un sucio callejón a unos metros de los cristales rotos del mall.
La dinámica del encuentro romántico entre ellos (en el departamento de un piso 97, a media luz, entre ocres y con la testaruda sombra giratoria de los molinos de energía de las azoteas circunvecinas) destaca el código y la paradoja de eso que llamamos amor. Por una parte, él le enseña a decir ‘te deseo’, ‘te amo’: el imperativo de la semántica amorosa perfectamente determinada y establecida por el código del amor pasional[2]. Por otra, y en esto Scott teje fino, el amor, para ser, deberá surgir de una inalcanzable pureza esencial; una virginidad que no es física, sino conceptual: desde un cerebro que no conoce dicho síndrome —biológico, químico, lingüístico—. La paradoja, por supuesto, es que ello habrá de verificarse exclusivamente en un ente que no sea humano; en la hermosa, fría e inquietante androide Rachel.
Cuando Roy (Rutger Hauer), el líder del grupo fugitivo, logra acceder al dormitorio mismo de Tyrell (Joseph Turkel), le reprocha su falta de voluntad y de pericia para otorgarle más vida y, con ella, posibilidades de ser en el mundo. Acto seguido, con la ambivalencia de la pena y la ira, lo mata con sus propias manos, hundiéndole los bulbos oculares y fracturando su cráneo. La creación da cuenta de su creador. Es decir, primero reafirma su ceguera —de hecho, Tyrell es miope; un dios miope— que no lo dejó ver la perfección de sus engendros. Después, le destroza la cabeza, eliminando materialmente su capacidad de razonar. Ahora sólo habrá lugar para un nuevo cerebro, si bien fatalmente condenado a una rápida extinción. El hijo ha matado al padre en un desesperado arrebato que en nada cambia su destino fatal; los dados fueron echados de antemano: matar a dios no vuelve inmortales a sus engendros.

Deckard quebrará con sus mini proyectiles el torso de una replicante más, Pris (Darryl Hannah); modelo de seducción o puta del espacio, amante de Roy, y enfrentará su destino dentro de un abandonado, herrumbroso y dañado edificio del centro de la ciudad que se cae a pedazos (abandonado por los humanos que decidieron hacer una ‘nueva vida’ en las colonias espaciales). El recinto es la sinécdoque de la urbe y la humanidad toda. Representación de la soledad, la decadencia y el olvido, coronado por el inexorable paso del tiempo simbolizado por la perenne rotación de las aspas de los molinos de energía de la azotea. Espacio arquitectónico, es decir vital, donde lo humano y lo humanoide medirán fuerzas para descubrir no quién conquistará ese espacio vacío, sino quién logrará malamente sobrevivir bajo la lluvia y la polución perpetuas; a la sombra del desencanto y la pérdida de sentido social.
Antihéroe por excelencia, el blade-runner es vencido de manera contundente por su adversario. Escenas en picado, medios planos, el agua incontenible, close-ups de los riachuelos que serpentean sobre las mohosas paredes de la construcción; aullidos y ululaciones de Roy, rebotando como el eco espeluznante de animales al acecho, énfasis en la velocidad de la lucha y la persecución, primeros planos del rostro de Deckard: la inevitable máscara del miedo. Al final, cuando el tiempo ha colapsado y Roy ya sólo tiene unos segundos en su programación vital, perdona la vida a Deckard, lanzando una última y enigmática salmodia sobre el sentido de la vida: no hay vida inútil, lo mismo humana, animal o artificial. Una paloma alza el vuelo en medio de la tormenta tras zafarse del puño inerte del androide. La vida abriéndose paso entre el caos y la desolación.
En el epílogo, Deckard va por Rachel quien se halla escondida en su departamento, puesto que sabe que otros blade-runners irán por ella. Se cierran las puertas del elevador y acaba el filme con un final abierto que aporta un retorcimiento más: el sargento Gaff (Edward James Olmos), chaperón y sombra imperceptible de Deckard, es quien al final decide que éste haga la jugada de “salvar” a su androide amante. Aficionado a la papiroflexia, deja al pie del elevador por el que la pareja comenzará su huida la figurilla de un unicornio. Deckard sueña con un unicornio al galope de manera recurrente. ¿Cómo sabe su chaperón el contenido de sus sueños? ¿Quizá porque conoce la programación mental del replicante Deckard?[3]
Ridley Scott filmó hace veintisiete años la primera película del siglo XXI. En ella plasmó las visiones de nuestra decadencia. Los temores fundados acerca de los caminos no virtuosos del desarrollo científico. La posibilidad de convertirnos en dioses salvajes. La incapacidad para diferenciar entre vida y pragma. La implosión del código amoroso. La certeza de que lo único que nos une es el desencanto. La probabilidad de que no podamos más resguardarnos de nosotros mismos en la inmensidad social. La profecía de un futuro posible, inevitable y desgastante. Hoy, incluso más que hace dos décadas y media, su esmeralda cinematográfica es lenguaje vivo y significativo. Es decir, es un clásico en toda la extensión de la palabra.





[1] Una versión ligeramente modificada de este artículo apareció publicada en el suplemento Arena del periódico Excélsior, en julio del 2002, con motivo del vigésimo aniversario de Blade-Runner.

[2] Desarrollo esto con más detalle, siguiendo de cerca la sociología de Niklas Luhmann y tomando como punto de partida precisamente estos caracteres de Blade Runner, en “El amor a fin de siglo”, aparecido en Origina, número 72, febrero de 1999.
[3] Para más sobre el asunto, puede verse el artículo “Blade Runner riddle solved” del 9 de julio del 2000 en BBC on line (www.news.bbc.com.uk).

miércoles, 4 de octubre de 2017

Zizek, filósofo iconoclasta

Slavoj Žižek (nacido en 1949) es un polémico filósofo esloveno, iconoclasta, que combina el análisis marxista con el psiconanálisis lacaniano para criticar las principales tendencias ideológicas del capitalismo actual. Es un agudo crítico de las corrientes de pensamiento posmoderno y de estudios culturales, corrientes a las que acusa de hacer el trabajo ideológico del capitalismo, desviando la atención de los conflictos originado por el modo de producción capitalista hacia otros conflictos (“sexualidad, género y raza, la nueva trilogía sagrada”), en un proceso que termina por ocultar la auténtica naturaleza del mercado como institución que permite la explotación del hombre por el hombre y que nos lleva ciegamente hacia la catástrofe ecológica. Probablemente gracias a la combinación de crítica brillante y radical, humor grueso y provocación, está alcanzando altas cotas de popularidad, como prueba que tenga el hecho de que ya haya una revista dedicada su obra1, o que sus conferencias pueden generar una expectación que recuerda a la de una Rock&Roll Star2. El denso volumen de In Defense of Lost Causes es una recopilación de sus ensayos, que tratan sobre diversas cuestiones, dando una visión global de su pensamiento. Estos trabajos quedan unificados por lo que les da título: la defensa de causas perdidas, como la defensa de revoluciones que fracasaron. Recurre a la metáfora de que no debemos tirar al niño con el agua sucia, es decir, aunque esas revoluciones tuvieron un alto coste en vidas humanas y terminaron en sistemas políticos que detestamos, hay que saber apreciar cuáles fueron sus enseñanzas valiosas. Cabe empezar la reflexión política sobre nuestro tiempo asumiendo que las reglas básicas de nuestro modelo actual de sociedad siguen siendo las mismas que en época de Marx: un orden político que defiende la propiedad privada de los medios de producción y un sistema ideológico para el cual esta organización social es la más perfecta posible, y que, mediante el fetichismo de la mercancía, oculta las relaciones de explotación y dominación entre los seres humanos bajo la apariencia de que son formas naturales de relaciones sociales, que no admiten réplica. La presentación más acabada de esta ideología es el fin de la Historia de Fukuyama, en el sentido de que ya hemos descubierto las instituciones más perfectas posibles para gobernar la sociedad: la democracia liberal y el mercado, a lo que cabría añadir, la tolerancia multiculturalista. El éxito de la ideología dominante se debe en parte a que emplea los fracasos de los proyectos revolucionarios para convencernos de que es mejor construir un mecanismo ciego, el mercado, que nos lleva a la catástrofe ecológica y a la explotación humana, que emprender una acción colectiva y consciente para dirigir el mundo de forma reflexiva. Otra parte del éxito está en la defensa de una tolerancia multicultural vacía, incapaz de asumir el conflicto como un elemento esencial de las relaciones sociales. La expresión del éxito ideológico del capitalismo es la democracia liberal y el multiculturalismo tolerante. Incluso en las películas de Hollywood conspirativas, en las que las grandes empresas son las malvadas, quien la protagoniza vence a dichas empresas, pero siempre aprovechando las instituciones de la democracia liberal, que nunca es cuestionada. Los éxitos ideológicos son el resultado de luchas por la hegemonía, una hegemonía que impone sus propios dilemas. Actualmente el dilema impuesto es entre democracia liberal-multicultural e integrismo religioso totalitario. Este dilema deja fuera a la democracia radical igualitaria, que se opone a ambos términos de dicho dilema y que promueve la democracia secular radical. En cuanto al multiculturalismo de la tolerancia, señala su vacuidad, pues bajo argumentos universalistas esconde una moral tan particular como otras, pero sin reconocerse como tal. Pone el ejemplo de que en Islandia, para promover la tolerancia, el Gobierno financia a los “otros” (otras culturas, otras sexualidades, etc…) para que contacten con la población, y así, en cuanto ésta aprecie la humanidad de los “otros”, la tolerancia vencerá. Pero, ¿y si el otro es Hitler? Esta moralidad tiene elementos en común con su máximo enemigo: los fundamentalismos religiosos. No se ve a sí misma como un elección moral, sino como natural, sin necesidad de demostrase, se anula así el reconocimiento de que es una de creencia moral. El ejemplo que emplea para demostrar esta afirmación es la incapacidad para pensar las otras morales como autónomas, la dificultad para aceptar a quienes no comparten sus principios. Pone el ejemplo de los insultos a los judíos que profirió el actor Mel Gibson, insultos que sólo fueron perdonados por la comunidad judía estadounidense cuando se apuntó a una terapia. El razonamiento es el mismo que llevó a la psiquiatría soviética a tratar a los disidentes como esquizofrénicos, pues, si la URSS era un sistema perfecto, sólo un loco estaría en su contra. La tolerancia y el fundamentalismo religioso son incapaces de dar cuenta del conflicto político, pues tienen una visión orgánica y armónica del orden social, se apegan de tal forma a su creencia en el orden social que dan por supuesto que es natural, mientras que una de las características fundamentales de la auténtica democracia es el

reconocimiento (e institucionalización) del conflicto. Por ello, frente a la imposición de la corrección política como forma de pensar, Žižek propone el civismo (civility) como forma de comportarse: debemos tratarnos con respeto, al tiempo que asumimos que nuestra relación con el otro es conflictiva. Si no, el multiculturalismo deriva en la ignorancia o el odio mutuo, regulados por ley. Uno de los éxitos del capitalismo, resultado de los fracasos revolucionarios, es la condena como totalitaria de toda acción colectiva consciente cuyo objetivo sea imponer cierto control social. Ha ganado la visión liberal de que es mejor construir socialmente un mecanismo (el mercado) y dejarlo operar ciegamente, aunque nos lleve a la catástrofe ecológica o a crisis financieras cíclicas. Para que esto no suceda, necesitamos recuperar esa dimensión colectivista de los proyectos emancipadores. Podemos añadir ejemplos que Žižek no tiene en cuenta, como que el origen de la carrera espacial o de Internet no se debieron a la acción del mercado, sino a estrategias (militares) colectivas conscientes. También advierte contra el riesgo de convertir el ecologismo en una especie de nueva religión conservadora, que defiende que todo cambio es a peor y que la naturaleza no se puede manipular por el hombre. Para dar este paso colectivista sería necesario recuperar la figura del “gran Otro” (big Other), la instancia moral máxima ante la que se está dispuesto a tomar drásticas medidas. Dios, la Ciencia, la Historia… han ocupado el espacio del “gran Otro”, listado al que podemos añadir el Mercado. Según los posmodernos, ya no existe ese “gran Otro”, pero lo que sucede en realidad es que ha sido sustituido por muchos otros “pequeños”, con los que comparamos nuestros placeres y consumos. El “gran Otro” actual es “sé feliz y disfruta todo lo que puedas”. Otro éxito del capitalismo se muestra en que las nuevas tensiones ideológicas (etnia, sexualidad, género, religión…) desvían la atención sobre su naturaleza, la lucha de clases. El ejemplo más claro de esto probablemente sea el tratamiento de la inmigración. Se presenta como un problema de los nacionales contra los extranjeros. Pero no se tiene en cuenta que si los inmigrantes vienen es porque hay empresarios dispuestos a contratarlos (podríamos decir que es el único “efecto llamada” genuino, como está mostrando que los cayucos han dejado de llegar a nuestras costas cuando el paro se ha disparado…). Es decir, son las reglas del capital las que generan la inmigración, y las que producen divisiones entre nacionales y extranjeros. Para Žižek, oponerse al populismo racista con la apertura multiculturalista benevolente, obviando su componente clasista, es la más pérfida forma de lucha de clases antiproletaria. El resultado de tal perfidia es el de la transferencia de votos comunistas hacia populismos de derechas. El populismo de la inmigración, como otros populismos, evita el análisis de la complejidad de las relaciones sociales y culpa como causa de malestar social lo que en

realidad es un efecto (la inmigración) de otras causas que no se tienen en cuenta (desigualdad entre países, explotación laboral). La fuerza de este tipo de populismo está en que se apoya en “pseudo-experiencias” concretas populares, como son las diferencias visibles entre nacionales y extranjeros, frente a las argumentaciones y razonamientos más abstractos. En First as Tragedy, Then as Farce retoma el análisis del populismo, teniendo en cuenta el movimiento estadounidese del Tea party. Señala que las “guerras culturales” (en torno al género, al aborto, la libertad de expresión, la religión, la raza, etc., tan intensas en EEUU) son en realidad “guerras de clase” desplazadas, es decir, un síntoma del malestar de los perdedores, que ven su modo de vida amenazado, y en vez de cuestionar el orden capitalista miran a la moral conservadora como su salvación. Para luchar contra este entramado ideológico, Žižek revisa diferentes proyectos revolucionarios emancipadores: no todo fueron errores en la Revolución Rusa, la Revolución Cultural maoísta, la Revolución Iraní (de 1979) o la época del Terror de la Revolución Francesa, así como el papel de los intelectuales en su relación con los procesos revolucionarios, como Foucault o Heidegger (aunque en este caso sea de revolución fascista). De estas experiencias extrae un programa de acción radical y emancipador para el presente, que no cometa los fallos anteriores. Recurre a Alain Badiou, filósofo francés de tradición maoista, para destacar cuáles son los elementos que subyacen a los proyectos revolucionarios igualitarios, su “idea Eterna”. Esta “idea Eterna” se compone de cuatro elementos: la justicia igualitaria, el voluntarismo, el terror y la confianza en el pueblo. El nuevo proyecto revolucionario necesitará contar con estos cuatro elementos. Propone que la justicia igualitaria sea una cuota igual de consumo y contaminación para todos los seres humanos, acabando con el nivel creciente de explotación de la naturaleza. El voluntarismo sería una expresión de la voluntad colectiva que no esté pendiente de si se cumplen las condiciones objetivas de la revolución. El terror no es el GULAG, sino el castigo severo para quienes incumplan con la justicia igualitaria. Y la confianza en la gente se debe a que un proyecto de revolución racional es convincente, y, por tanto participativo. Por ejemplo, reivindica la figura del delator que denuncie como infiltrado a quienes incumplan los nuevos preceptos, como sucedió en el caso de estafa de la empresa Enron, o como propone la reciente Dodd-Frank Act estadounidense. Existe espacio para el cambio social radical, pues bajo el aparente equilibrio del fin de la historia hay tensiones que preparan el camino para la acción política radical de la “idea Eterna” de la revolución. Estas tensiones son las derivadas de la catástrofe ecológica que se avecina, la poca adecuación del concepto de propiedad intelectual al software (valiéndose de forma crítica del debate de los comunes y el trabajo cognitivo de Negri), las implicaciones éticas de las posibilidades de la ciencia y las nuevas

formas de apartheid, como la que sufren las poblaciones de chabolas en las barriadas del Tercer Mundo. Quizá una de las declaraciones más polémicas de Lost Causes sea la defensa del “humanismo estalinista”. En su búsqueda de los elementos a destacar de las diferentes experiencias revolucionarias, considera Žižek que el estalinismo resalta el terror, pero también el humanismo. Es decir, Stalin no emplea el terror como una forma puramente cínica de acumular poder, sino al servicio de unos ideales humanistas e ilustrados, la creación de una sociedad mejor para toda la humanidad. Este humanismo conecta la evolución de la URSS con el pensamiento ilustrado, y permitirá que surja la disidencia más adelante, o que la crisis de los misiles de Cuba no acabase en una Tercera Guerra Mundial. Este argumento se sostiene en hechos tales como el empleo de las mismas palabras tanto por la ideología oficial como por los disidentes (libertad real, solidaridad social, auténtica democracia…). En First as Tragedy, Then as Farce retoma varios de estos temas, de forma más ligera, y sin tanto tecnicismo filosófico, y los pone al servicio de dos cuestiones: interpretar la actual crisis económica y defender el comunismo. La principal novedad de que se centra en el análisis de la reciente crisis financiera, además del populismo de derchas en EEUU, como ya señalamos, o en Italia, comparando a Berlusconi con el Jocker del útlimo Batman, que, como Putin, controla una democracia vacía, adornada de patriotismo. El análisis marxista lleva el origen de esta crisis no está en detalles como las hipotecas basura, sino en la misma naturaleza de capitalismo, donde la lógica del dinero, en su dimensión financiera, desplaza a la lógica real de la producción (recordemos que el dinero que circula en productos financieros ha llegado a suponer más de 50 veces el PIB mundial). Retoma al Marx de Miseria de la filosofía para recordar que los economistas ortodoxos, más que científicos, son sacerdotes que buscan justificar que hayamos dejado el control de nuestras vidas a la institución social del mercado, y que intentan que creamos que es la forma más natural de gestión de la sociedad. Esto le lleva a profundizar en cómo la ideología liberal puede presentarse como “no-ideología”: el capitalismo no necesita ideología porque simplemente funciona. Muestra dos grandes corrientes en este mundo que se pretende post-ideológico, pero que precisamente por negar la ideología lo único que hace es mostrar su éxito, pues “creemos más de lo que creemos que creemos”. Es decir, dar por supuesto el fin de las ideologías no es más que la prueba de que una de ellas ha ganado la batalla. Una de las corrientes de éxito sería la cínica, que se desapega de las creencias ideológicas y simplemente reconoce el capitalismo en tanto que victorioso. En ella están muchos de quienes provienen de un pasado crítico. Por otro lado estarían los fundamentalistas religiosos, ya sea musulmanes o de otro tipo. Critica duramente los planteamientos

New Age o las apropiaciones occidentales de religiones asiáticas, pues no son más que creencias fetiche, es decir, creencias que permiten vivir en capitalismo haciendo creer que lo niegan; ante una moral expresamente contraria a la lógica del beneficio desarrollan prácticas sociales que en el mejor de los casos no obstruyen la lógica del capital. En este libro también señala la importancia del análisis de Luc Boltanski y Eve Chapiello a la hora de explicar los problemas ideológicos de la izquierda: en el 68 se separan dos líneas de ataque al capitalismo, por un lado, la crítica económica al modo de producción capitalista, y por otro lado, la crítica humanista, que denunciaba la alienación de una sociedad jerarquizada y patriarcal. El éxito de la crítica humanista ha llegado al punto de que los libros de gestión empresarial podrían estar escritos por los críticos del 68, pues defienden formas de organización empresarial donde la autonomía personal y el trabajo en equipos poco jerárquicos y participativos son necesarios en la vida empresarial. Sin embargo, la crítica económica fracasó. Podemos añadir que este fracaso es la causa de que la izquierda haya quedado desarmada para luchar por la hegemonía de la interpretación de la actual crisis. Žižek señala la importancia de la ideología ante la crisis con el ejemplo nazi: fueron capaces de imponer su diagnóstico y sus soluciones ante la crisis del 29, y conseguir gran apoyo social. A pesar de su programa de propuestas, especialmente en Lost causes, no se muestra muy positivo ante el éxito arrollador de la ideología capitalista, y considera que lo más probable es que a la salida de esta crisis tengamos un “capitalismo con rostro asiático”, es decir, un mercado con pocos derechos efectivos en política y en bienestar social. Como ha declarado, es más fácil concebir el fin del mundo, debido a una catástrofe ecológica, que el fin de capitalismo. Para concluir, cabe señalar que siendo Žižek un crítico del pensamiento posmoderno, utiliza sus estrategias, como la provocación (considera que el mejor sistema político es el comunismo con un poco de terror), la ironía, el sarcasmo, anécdotas impactantes, o la constante referencia a la cultura popular, especialmente al cine o a chistes soeces, en medio de disquisiciones sobre complejas cuestiones filosóficas. Quizá por ello, hay quienes prefieren catalogarlo de antiposmoderno, pues ni es posmoderno ni es moderno.